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El Nido, una parada obligatoria

El Nido, una parada obligatoria

El Nido puede ser, casi por unanimidad, el sitio más famoso de toda Filipinas, por lo que nos aseguramos de meterlo en nuestra ruta, aquí dedicaríamos dos días y medio.

Rodeado por enormes rocas, que se divisaban desde el barco, lo cierto es que la llegada impresiona. Nosotros pisamos tierra cerca de las cinco de la tarde. Nos apresuramos para dejar las cosas en el hostal y salir hacia la playa para contemplar el primer atardecer.

 

Fue en ese pequeño trayecto donde ya nos dimos cuenta de que el Nido había alcanzado unos niveles de turismo importantes: precios mucho más elevados que en cualquiera de las otras islas visitadas, bares sin una mesa libre y gente por todos lados. Pero lo que más pena nos dio, fue sin duda la forma que tienen de utilizar a los niños, para venderte cualquier cosa: pulseras, gafas de sol o unos pendientes. Todo vale con tal de recibir algún PHP. Si ya es difícil decir que no a un niño, más difícil es hacerlo cuando te ponen esas caras de tristeza que hacen que se te caiga el alma y que te devuelve un poco a la realidad: estás en un país subdesarrollado y con pobreza.

Con el nudo en el estómago volvimos a nuestra habitación. Nos había costado mucho encontrar disponibilidad, con un 92% de todos los alojamientos reservados en portales como Booking o AirBnb, conseguimos una habitación muy básica, por un precio no tan básico. Nos despertamos sin tener todavía muy definido lo que íbamos a hacer durante el día.

Habíamos leído y oído grandes cosas de dos playas: Nacpan beach y la playa de las cabañas, pero no habíamos tenido tiempo ni de ubicarlas en el mapa. Mientras desayunamos, preguntamos en el hotel las cosas que ellos harían si fueran nosotros, y curiosamente nos respondieron con el nombre de ambas playas. Les preguntamos cual era la mejor manera de ir y la respuesta fue clara. Alquilaros una moto.

La Nacpan beach está en dirección norte a una hora de distancia. Lo que la hace especial, además de sus blanca arena y palmeras, es la poca afluencia de gente. Pero… ¿cómo podía ser que aquella playa estuviera tan vacía si era tan conocida? La verdad es que no queríamos irnos de allí sin conocerla y cuando preguntamos precios por un posible tuk tuk, nos dijeron que por menos de 1000PHP no lo conseguiríamos. Más los 400 PHP que el mismo tuk tuk nos cobraría por ir a la playa de las cabañas.

Con esa información, decidimos alquilarnos de nuevo una moto por 500PHP durante todo el día. Nos enfundamos los cascos y nos metimos en carretera. Como si de magia se tratara, nos tele transportamos a Siargao, la sonrisa se volvió a apoderar de nuestras caras y la brisa nos recordaba que aquello no era un sueño. Cuando llevábamos 20 minutos en la moto, hice una parada para apretarme el casco y de paso comprobar las direcciones en el mapa. Fue entonces cuando pudimos comprobar que habíamos ido en la dirección totalmente opuesta a la Nacpan beach… teníamos que dar la vuelta… ¿Sería una señal para cambiar de planes? Seguro que no… un simple despiste pensamos.

Dimos la vuelta y re hicimos todo el camino que habíamos hecho para empezar desde el mismo punto de partida. Esta vez sí, nos embarcamos a la Nacpan! Tras media hora en la moto y con la vista entre la carretera y el horizonte, empezamos a comprobar como el cielo cambió de color: de azul a un gris oscuro muy sospechoso. Empezaron a caer gotas, y de ahí paso a una lluvia torrencial. Nos pilló en un trazado que no tenía ningún sitio donde poder parar y resguardarse por lo que no teníamos opción que la de seguir. Despacito y con buena letra seguimos haciendo kilómetros hasta que encontramos una pequeña casa a pie de carretera donde había otras dos motos paradas, buscando el refugio. Nos unimos a ellos, gente local que no hablaba inglés, y nos comunicamos con sonrisas cómplices, un lenguaje universal.

 

Camino a Nacpan

 

El local, miró al cielo, miró a su acompañante y asintió con la cabeza. Seguía lloviendo, aunque con menos fuerza. Pero ese gesto, lleno de confianza llevaba un mensaje claro: escampa en dos segundos. Al menos esa fue mi interpretación. Es cierto que llevábamos ya suficientemente tiempo en Filipinas como para entender que las tormentas son esporádicas, pueden durar escasos minutos y desaparecer. Bea y yo nos vimos sólos en ese refugio, y tras comprobar como efectivamente empezaba a escampar decidimos reanudar el camino. No llevábamos ni 2 minutos en la moto cuando empezó a jarrear de nuevo. Puto local. No tiene ni puta idea del tiempo, pensé. Nuevamente nos vimos sin opciones de refugio, y deshacer los dos minutos que llevábamos hechos en moto nos pareció inapropiado por lo que seguimos adelante con la esperanza de poder parar en algún sitio en relativamente poco tiempo. Así fue como dimos con una parada de autobús, donde había un grupo de 5 locales refugiados. Decidimos parar el motor, y descubrimos un casetón mucho más grande donde había una pareja de franceses haciendo tiempo. Estábamos todos igual. Nos cubrimos con ellos, pero no fuimos los últimos. Moto tras moto, todos los turistas decidieron unirse a nuestro cobijo. Tras una media hora de espera, totalmente empapados, un rayo de sol hizo presencia, y como si fuéramos caracoles, salimos de nuestro cobijo y seguimos con nuestra aventura. Estábamos a tan sólo 6 km por lo que merecía la pena seguir en vez de desistir.

Fue entonces cuando encontramos la desviación a la Nacpan. Un camino sin asfaltar que, con la lluvia, era más arcilla que suelo. Perfectamente conducible a 4km por hora, si es cierto que había cuestas dónde había que tener algo más de precaución para evitar posibles resbalones. Tardamos en recorrer 3 km unos 20 minutos. Lo habíamos descubierto, era ese camino lo que hacía de Nacpan beach, el paraíso que todavía a día de hoy es. El freno al turismo en masa, a grandes autobuses.

Sin duda la aventura había merecido la pena. Pisamos la arena blanca y miramos a nuestro alrededor. Algo cercano al paraíso.

 

sergio_palmera

No podía dejar de bañarme, coger olas y contemplar las palmeras. La parte del fondo de la playa se veía totalmente desierta por lo que Bea y yo nos dimos un paseo hasta llegar a la otra punta de la playa. Estábamos totalmente solos. A la vuelta aprovechamos para parar en un pequeño bar de unas cabañas, dónde no había nadie, para degustar un pollo a la bbq exquisito.

Cuando nos quisimos dar cuenta eran las 16:00, era la hora de volver si queríamos llegar a tiempo para ver el atardecer en la playa de las cabañas. El camino de vuelta, sin lluvia, fue mucho más tranquilo y bonito de ver.

 

Sin contratiempos, llegamos a la playa de las cabañas. Una playa con dos o tres chiringuitos, bastantes turistas y buena música de fondo. Un ambiente que invitaba a un par de rones para, como no, ver de nuevo otro atardecer. Allí nos llegaron grandes noticias personales desde Londres, que celebramos con un brindis muy especial.

Tras un día lleno de experiencias, volvimos a casa, cenamos en una pizzería exquisita cerca del hostal, y nos acostamos temprano para poder madrugar al día siguiente: teníamos excursión.

Tour C

En el Nido, igual que sucedía en Corón, existen muchos tours para hacer: el A, B, C D… no se comieron mucho la cabeza al darles nombre.

Son innumerables las agencias que ofrecen sus servicios, pero nosotros queríamos hacerlo de una forma diferente, con pescadores locales. Un tour privado con gente que se conoce sus aguas y que puedan beneficiarse más que los gigantes de la zona. Es por ello por lo que contactamos con Leonard, un conocido pescador local, que descubrimos gracias a Cristina y Carlos, nuestros compañeros de aventuras en Siargao.

Cerramos un precio para 4-5 personas y a través del grupo de Mochileros en Filipinas de Facebook, conocimos a Ceci y Esteban, una pareja encantadora de argentinos asentados en Barcelona. El destino quiso que fueran del gremio, marketing digital, y que además tuvieran las mismas inquietudes o más que nosotros por el emprendimiento y la forma de entender la vida. Conversamos todo el día como si nos conociéramos de toda la vida y de ahí no solo salió una nueva amistad, sino más de un fotón que otro con el drone de Esteban.

Este tour consistía en visitar algunos de los rincones que rodean el Nido. La primera parada fue la helicopter island, y es que la forma de está increíble montaña da nombre a la isla.

Tras una media hora de snorkel continúamos la travesía hasta llegar a la secret beach, una playa realmente nada secreta pero con mucho encanto. Para llegar a ella has de adentrarte en sus aguas, entre dos pequeñas montañas hasta dar con la orilla. Foto por aquí foto por allá, la salida la hacemos por un pequeño boquete que se comunicaba con el otro lado de la montaña. Una sensación muy chula la de cruzarla.

private beach 2

Ya de nuevo en el barco, de ahí pasamos a la hidden beach. En esta ocasión, la entrada daba mucho más respeto. La marea estaba alta, y de vez en cuando las olas nos elevaban más de lo esperado. Había que entrar por un agujero, que tampoco era excesivamente alto. Con mucha precaución, nuestros chalecos salvavidas y las manos en lo alto de nuestra cabeza, conseguimos cruzar el túnel y llegar así a la hidden beach. Demasiado gente para mi gusto pero si haces un ejercicio mental para aislarte, consigues tener una sensación muy especial.

La ruta en el barco era muy agradable: una gran compañía, impresionantes vistas y una tripulación que se encargó de que no nos faltara de nada. De vez en cuando el capitán tenía que parar los motores, y es que llegaron a pescar hasta 6 pequeños atunes. Cada vez que un pez mordía el anzuelo atado a un hilo de pescar casi infinito, empezaba el procedimiento: se paran los motores, se celebra el triunfo con gritos mientras se tira del hilo, Esteban y yo nos dirigimos a la parte trasera del barco para ser testigo de la hazaña. Tras pescar el primer atún, me sorprendió que, al quitar el anzuelo de la boca del pez, y tirar a éste al cubo, no aleteará con ansia para intentar salir de él, fruto del instinto de supervivencia. Lo mismo sucedió con el segundo pez, y empecé a desconfiar un poco del proceso.

Antes de montarnos en el barco, me había percatado de que los pescadores llevaban pequeños atunes en una bolsa. A mi me habían dicho que los pescadores pescaban durante la travesía y que lo que se pescaba durante el día, era lo que se comería posteriormente. La idea tenía mucho encanto. Sin embargo, al ver como los peces eran pescados, empecé a pensar que esos peces, que no luchan por su vida en el cubo recién pescados… igual es que ya estaban muertos!

Nada más lejos de la realidad, mi teoría conspiradora la tiraron por los suelos cuando pescaron al tercer atún. Fue Esteban el que se percató de un pequeño detalle que a mi se me había escapado. Al retirar el anzuelo de la boca del pequeño atún, los pescadores, partían el cuello del pez para así evitar su sufrimiento y asfixia en el cubo. Eso era lo que evitaban el aleteo que yo, ingenuo de mi, esperaba ver.

Con la duda ya resuelta, divisamos una bonita capilla desde el barco. Nuestra curiosidad nos hizo preguntar a Leonard por ella, así que nos acercó para que pudiéramos realizar estas preciosas fotos.

capilla

 

Fue aquí donde aprovecharon para hacer los recién pescados atunes, y un pez unicornio que traían de casa. También nos pusieron una piña, un mango y unas frutas de postre que tenían una pinta increíble.

Curiosamente, la noche anterior había sido la única noche donde mi barriga había caído enferma, así que decidí no arriesgar y probar esa piña jugosa. Lo que parece un detalle sin importancia se convirtió en uno de los momentos más duros del viaje. Fue ese momento en el que Esteban, Ceci y Bea se llevaron la piña a la boca. A Esteban se le calló una lágrima, literalmente. A Ceci le dio un ataque de risa, como si la piña le estuviera haciendo cosquillas por dentro. Y a Bea se le cambió el gesto, algo así rollo orgásmico. Los tres se miraron… me miraron. Y empezaron a reir. ¡Qué coño estaba pasando¡? Tuve que esperar cerca de 30 segundos para que las primeras palabras salieran de sus bocas. ¡Joder, es la mejor piña que he probado en mi vida! ¡Sergio, tienes que probarla! No me lo podía creer. ¿Todo ese expectáculo por una puta piña? El miedo a que me diera una cagalera me privó de probar la mejor piña del mundo y hoy, mientras escribo estas palabras, sólo puedo arrepentirme de no haberla probado.

comida capilla

capilla agua

Superado el trauma, nos tiramos al agua para hacer otra media hora de snorkel. Es increíble la cantidad de especies marinas que puedes ver en tan pocos metros cuadrados. Podría tirarme horas y horas bajo el mar. Si puedo disfrutar de esa manera con un tubo… ¿que se sentirá con una botella a 18 metros bajo el agua? La idea de hacer submarinismo se apoderaba de mi.

Pedimos a Leonard que, antes de dejarnos en el puerto, parara en alguna playa desierta, alguna secret beach real. Y eso mismo hicieron. Desde ahí, conseguimos hacernos una foto todos juntos con el drone (la subiré en cuanto la consiga!). Pese a ser espectacular, creo que no termina de hacer justicia a lo que estos ojos contemplaron.

private beach real

En esta última parada, volvimos a hacer snorkel. Conseguimos ver un pez globo, peces espada, pequeños nemos. No recuerdo haber visto tanto color bajo el mar. Nos fuimos adentrando para intentar llegar a la orilla de esa playa, y a medida que nos acercábamos, también lo hacía nuestra distancia con respecto a los corales que íbamos dejando detrás. Tan sólo unos 15 cm nos separaba de esas plantas marinas. Con bastante respeto al mar, conseguimos hacernos la foto en la orilla y volver al barco antes de que bajara un poco más la marea y poder llevarnos algún corte que otro.

Era hora de volver al puerto, subimos a lo alto del barco y desde ahí divisamos aquella estampa para no olvidarla nunca.

La llegada al puerto fue algo distinta a lo esperado: nos encontramos un barco hundiéndose y a unos pescadores con bombonas de oxígeno intentando recuperar el mayor número de cosas posibles antes de su hundimiento total. Lo cierto es que fue impactante. ¿Cómo se puede hundir un barco en el puerto?

Sin mucho tiempo para preguntas trascendentales, llegamos al hostal, nos cambiamos deprisa y corriendo, y nos fuimos con Ceci y Esteban a ver el último atardecer de El Nido. Disfrutamos de unas pizzas (que tardaron en hacer cerca de dos horas) y de una charla la más de agradable. Y es que esto es lo que tiene viajar: que conoces gente y paisajes que te enriquecen como persona. Guardaremos un gran recuerdo de El Nido por estos tours, esos pescadores, esas playas y gente como Ceci y Esteban.